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Donald Trump (DT) afirmó en un tuit del 2 de marzo de 2018, que "Cuando un país está perdiendo miles de millones de dólares en comercio virtualmente con cada país con el que tiene negocios, las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar.... ¡Es fácil!"
 
Ese razonamiento está plagado de errores, pero aun sin considerarlos todos, es un hecho que las guerras comerciales no son buenas, ni fáciles de ganar. Lo prueba la emprendida por Estados Unidos (EU) contra China desde el 6 de julio de 2018, cuando comenzó a aplicar aranceles a varias importaciones de este país que luego aplicó represalias a EU, seguidas de nuevos aranceles de EU, con un escalamiento en las tensiones hasta la tregua del mes pasado.

El final feliz no ha llegado y, hasta ahora, la escaramuza comercial ha sido costosa. Por ejemplo, en abril de 2019 el Fondo Monetario Internacional publicó en su informe World Economic Outlook (WEO) que una tarifa del 25 por ciento sobre todos los bienes comerciados entre China y EU reduciría en el largo plazo en poco más de 0.5 puntos porcentuales el Producto Interno Bruto (PIB) de China y un poco menos de esa cifra el PIB de EU.

La confrontación entre EU y China registra momentos optimistas, como sucedió con la tregua acordada en diciembre de 2018 en la reunión del G-20 en Argentina entre los presidentes Xi Jinping y DT. Igual ocurrió después de su encuentro en la reunión del mismo grupo en junio de 2019 en Japón, cuando DT suavizó las sanciones al fabricante chino de teléfonos móviles Huawei.

El informe WEO actualizado en enero pasado indica que, si se mantiene en vigor la fase 1, reduciría para finales de 2020 el impacto negativo acumulado que las tensiones comerciales han tenido sobre el PIB mundial de 0.8 por ciento a 0.5 por ciento. Este impacto demuestra el peso global de ambas economías. En efecto, según el documento Perspectivas Económicas Mundiales también de enero pasado del Banco Mundial, EU y China representan en conjunto casi el 40 por ciento del PIB global.

Un artículo reciente de la revista británica The Economist (TE) destaca que las cláusulas de la fase 1 son en realidad concesiones extraídas de China, pero redactadas de tal manera que se aplican formalmente a ambos países. Dado el estancamiento en la solución de controversias dentro de la Organización Mundial de Comercio al cual me referí la semana pasada, el acuerdo contiene un mecanismo propio para resolver las disputas. Si no se llega a una solución, la parte que acusa puede imponer castigos. El acusado no puede tomar represalias y si lo hace se cancela el acuerdo. Pero como dice TE, un verdadero gran pacto entre los dos países está lejano y, tal vez, nunca se logre.

La epidemia del nuevo coronavirus que ha afectado principalmente a China puede complicar el futuro del acuerdo, ya que se estima que la economía de ese país solo crezca en 2020 poco más del 5 por ciento, en lugar de casi 6 por ciento previsto inicialmente, lo que podría evitar que China realice mayores compras a EU. Por otra parte, una provisión del acuerdo señala que en el caso de un desastre natural o algún acontecimiento imprevisible que retrase el cumplimiento de las obligaciones pactadas, dará lugar a consultas entre las partes para resolver el asunto. El coronavirus pudiera ser la primera prueba de esa provisión, pero seguramente habrá otras complicaciones futuras, por lo que podemos concluir que en las relaciones comerciales entre ambos países todavía falta un camino largo por recorrer. Faltan 840 días.

Fuente: Reforma.

En la opinión de:

A.A. Felipe M. González Jaimes
Presidente de CLAA.

El 15 de enero pasado se firmó la llamada fase 1 del acuerdo comercial entre EU y China. Este acuerdo no garantiza el fin de las tensiones, pero permitiría seguir las negociaciones con concesiones mutuas como la promesa china de comprar 200 mil millones de dólares más en 2020 y 2021 en productos de EU, la decisión de éste de no tratar a China como manipuladora del valor de su moneda y, además, se espera que mañana entre en vigor una reducción de los aranceles en ambos países.

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